Mucha gente se ha preguntado por qué desaparecieron los diskettes o disquetes, esas herramientas de almacenamiento que no sólo eran útiles, sino totalmente necesarias, en los primeros años en que la computación permeó en nuestras sociedades.

Aunque existieron numerosos formatos y tamaños para estos dispositivos, los diskettes más conocidos eran los más flexibles y grandes, de 5 1/4 pulgadas, y posteriormente los de 3 1/2 pulgadas, que perduraron más. Ambos formatos coexistieron un tiempo y finalmente desaparecieron, primero los de 5 1/4 y luego los de 3 1/2.

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El proceso de extinción de los discos flexibles se debió principalmente a dos razones, sumamente ligadas una con la otra:

  • Su baja capacidad de almacenamiento, que sólo podía alojar 1.2 MB en alta densidad, en el caso de los de 5 1/4, y 1.4 MB en alta densidad en lo que respecta al formato de 3 1/2. La llegada del CD, que alberga hasta 700 MB, los volvió rápidamente obsoletos, a pesar de notables intentos tecnológicos por mejorarlos en este ámbito, como los SuperDisc de 3M, capaces de hospedar hasta 240 MB. La inferioridad de los diskettes se debe a que la superficie magnética tiene un mayor “coste por bit” que la superficie de un medio óptico; es decir, se pueden escribir muchos menos datos en la magnética.
  • Su fragilidad. Se dañaban por el uso normal (sobre todo los de 5 1/4) y de hecho hasta por el clima y el almacenamiento. También por doblarlos o poner el dedo sobre el disco interno.
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No obstante, estos dispositivos aún para 2016 seguían teniendo cierta compatibilidad, dado que sus lectores no requieren de ningún tipo de controlador para funcionar, y técnicamente es posible instalarlos en muchos sistemas modernos.

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